Relato I: Cuerpo de cristo

I

Me regalaron a Mario cuando todavía tenía los ojos cerrados y buscaba la teta de su madre con el hocico. Me lo entregaron en una cajita de zapatos de niño, estaba envuelto en un trapo y su cuerpo medía menos de cinco centímetros. Su indefensión era palpable, se encogía sobre sí mismo y sollozaba como si fuese consciente de su propia orfandad. 

Esa misma tarde le compré la jaula más bonita que encontré y la indumentaria que cualquier ratón habría soñado. Yo vivía sola en un ático con demasiados cristales, demasiados muebles, demasiada ropa, demasiada comida y Mario en el rincón más bonito, con la jaula más bonita. 

Así transcurrieron tres años. Mario y yo. 

Él sabía su nombre, yo lo llamaba y se asomaba por la jaula con los ojitos brillantes, siempre que me pedía comida sacaba los dientes como si se riera, le encantaba el melón, la pera, el kiwi amarillo y el pan duro. Cuando atardecía la luz se filtraba por los muebles como láminas sólidas, a veces una porción acababa en una esquina de la jaula y Mario se acurrucaba justo debajo y se dormía. Ese rinconcito de luz era suyo, como si el sol o Dios se lo hubiesen reservado solo a él. 

Cuando me iba todo el día a la universidad, Mario se quedaba solo y yo le pensaba solo: dormido en la luz.

 ¿Le habré puesto comida suficiente? 
¿Se le habrá derramado el agua por su rincón de dormir y ahora estará pasando frío?
¿Los ratones recuerdan?
¿Los ratones se pueden morir de tristeza?

Así pasaba mis días, sintiendo un deseo enfermizo por no herirle. Una culpa cíclica me aturdía cada vez que lo dejaba solo, yo era la única persona responsable de que siguiera con vida y todo lo que hacía por él lo sentía insuficiente, siempre había alguna necesidad suya que yo no podía cubrir, su pequeña vida estaba en mis manos y yo en cualquier momento podía fallarle. 

Sin embargo, su ternura me aliviaba, cuando me buscaba recién despierto con sus ojos negros o cuando se limpiaba las orejas con las patitas de delante, algo dentro de mí se alteraba, olvidaba que el mal existía y creía por ese momento que su ternura podría salvarme a mí y a todos. Me sentía profundamente culpable por quererle, como si mi amor fuera a capturar su bondad y destruirla. Perdóname, Mario.

El tiempo pasó muy rápido, los días se fueron agotando y mi ratón el 30 de enero cumplía tres años. El 28 de ese mes llegué tarde de la universidad, el sol no salió en todo el día, parecía una noche larga. “Mario, ya llegué”. Recuerdo que la casa estaba en silencio, la calle estaba en silencio, no cantaban los pájaros, el olor de la cañería del baño olía más fuerte que nunca y que pasaron cinco minutos hasta que llegué a su jaula y le vi morir.

Se revolvía como gusano asustado, movía los ojitos para todos lados y jadeaba como si aullara. Yo llegué justo cuando estaba boca arriba, mostrando los dientes como cuando era un bebé y la muerte no lo nombraba. Recordé que llevaba dos días sin limpiarle la jaula pero eso ya no importaba, me repetía a mi misma, ya no. La lengua le bailaba en su boquita como si quisiera pronunciar algo, seguro que me preguntaría por qué no hago nada, por qué no lo cojo en brazos para apaciguar su dolor, por qué no llamo a un veterinario o por qué después de quererle tanto no intentaba salvarle la vida. Yo también me lo preguntaba. Su cola se sacudía en zigzag, sus patas se agarraban a los barrotes como manitas humanas y yo mientras tanto lo observaba.

Se le abría la boca como si quisiera bostezar una y otra vez mientras me miraba a mí y miraba su jaula y miraba el cuenco de semillas y miraba la botellita de agua y miraba el mundo por última vez. Pasaron cinco minutos y mi ratón se murió mirando.

La jaula estaba sucia, la comida medio comida y el agua turbia y verde. Su cuerpo dormido/muerto era un elemento más de suciedad y yo seguía sin poder moverme. Una hora después yo le miraba. Dos horas después yo le miraba. Tres horas después y me dieron ganas de vomitar, dije “Mario” en alto y lo sujeté con ambas manos, su piel estaba fría y yo le llamaba y no se movía. Vi la jaula sucia, llena de excremento, de su orina y se la limpié, le puse papel limpio y agua nueva. Yo le maté.

Me fui del cuarto respirando como había respirado él, aullando, mis músculos estaban activos, ojalá mi ratón se hubiera muerto ahora cuando por fin podía moverme, ojalá le hubiera limpiado la jaula hace dos días, a lo mejor eso hubiera evitado todo. Yo le maté. Mi corazón abandonó su estado de letargo y ahora me retumbaba debajo de los huesos con violencia. Sudé sentada en la cama como si estuviera metida en un horno y me levanté rápido para ver de nuevo la jaula donde seguía Mario acostado. Cada vez estaba más rígido. Lo levanté con una cuchara de palo, no quise tocar el cuerpo, y lo boté a la basura aguantando la respiración. Esa noche me fui a dormir y toda mi ropa olía a muerte.

A la mañana siguiente tuve una brevísima alegría de quien se despierta y aún sigue metido en el sueño, todo se desdibujaba en formas irreales, mi corazón latía normal, era muy temprano como para acordarse uno de algo o sentir cualquier cosa. 

Fui a la cocina y me encontré con la bolsa de basura cerrada. La tiraría después de desayunar. O nunca. Mi ratón estaba dentro, dormido, seguramente hambriento. Los dos teníamos hambre. Yo comería por él. Imaginé a Mario ahí, detrás de los envoltorios de pan, de la comida podrida de la semana, le imaginé mirándome como siempre, deseando ingerir mi comida y no la suya especial para roedores, sentí compasión por su condición de rata muerta y una culpa insaciable. Yo le maté. Debería haberle limpiado la jaula antes, debería haberle cogido en brazos cuando la muerte se lo estaba llevando. Perdóname, Mario.

Sentía que alguien me miraba, tenía dos ojos en alguna parte viéndome y no eran los de Mario. Abrí el mueble de las frutas y una oleada de moscas pequeñitas se lanzaron hacia mí tras abrir la puerta, las mandarinas estaban verdes y arrugadas y los plátanos parecían llenos de humo negro. Un corrientazo recorrió la piel de mi cuello, me alejé asustada y salí de la cocina con la basura en la mano. Corrí con Mario dándose cabezazos con la bolsa y me encontré de camino a la señora Martina, “Qué cara de espanto traes”. Me cogió las mejillas con sus manos arrugaditas y la calidez de su tacto me devolvió la consciencia. “Compré frutas ayer en el mercado, las compré verdes y hoy amanecieron podridas”, le dije y los ojos de la señora Martina se oscurecieron y susurró algo que no entendí. Sus manos se le quedaron pegadas al cuerpo. 

Ella siempre ha sido de balbucear cosas que nadie más entiende, sobretodo cuando va a misa y se sienta cerca del cura, una vez me tocó estar al lado de ella y le escuché repetir la palabra “Cristo” sin parar durante toda la parte final, llegó un momento en que la decía tan rápido que se le deformaba en la boca y parecía un único gemido inteligible “cristo-cristo-cristo-cristo-cristo-cristo-cristo-cristo”. 

De repente se dio media vuelta sin despedirse y yo me quedé ahí sujetando la bolsa sin saber a dónde ir. 

Me senté en la primera cafetería que encontré y pedí un desayuno completo. La mañana estaba más agitada que otros días, el ruido de los coches hacía vibrar el suelo y la gente andaba sin cuidado como gallinas ciegas. “¡Un batido de fresa con un bocadillo sin gluten para la mesa 6!”, “¿la mesa 6?”. El camarero miró el número con desdén y le devolvió el grito al cocinero “¡Sí, la mesa 6!”. Me trajeron lo que pedí enseguida, estaba hambrienta y Mario también lo estaría. Me metí un trozo de pan a la boca y algo vivo se sacudió de pronto en mi lengua, el sabor me hizo torcer la cara en una mueca de asco, escupí en el plato y una larva blanquecina se revolvía en convulsiones asimétricas, pegué un grito que hizo callar todas las conversaciones del lugar abruptamente, pero enseguida retomaron la normalidad y me quedé allí de pie, buscando la mirada de alguien que me ayudara, alguien que también tuviese un gusano en su comida. 

Mario, ¿Qué hago? Sentía el estómago pegado en mis costillas así que me senté como si nada hubiese pasado y me llené la boca de pan, las migas se deshacían en mi garganta a la par que las larvas, la amargura del sabor me dio dolor de cabeza pero no paré de engullir, masticaba rápido para acabar cuanto antes aquel pan vivo. Cuando ya no quedaban casi restos en el plato, sentí que por fin me pesaba la barriga, estaba llena. Otra vez la culpa me hizo querer vomitar, creí enloquecer, mis manos excedidas en sudor vibraban comedidas, me daba vergüenza que me vieran así, encorvada con la boca manchada de pan y una bolsa de basura en la mano. 

Salí apurada a buscar a la señora Martina que vivía en una casita no muy lejos del centro. Necesitaba que me viera, que me quitara este olor a muerte de encima.

II

La señora Martina antes de ser vieja, cuando no tenía la cara así de arrugada y llevaba puestos ojos de niña, vivía metida en la iglesia como si fuera su casa y se sentaba en todas las misas sin rezar porque no quería aprenderse las oraciones, decía que se le repetían en la cabeza y que mejor no pronunciarlas. Un día vio al cura hablando con una mujer de rodillas que suplicaba. La señora tenía una tristeza inmensa marcada en la cara. “Por favor, ayúdeme”. El cura le daba la espalda y la vieja daba pasitos pequeños con las rodillas hasta casi agarrarse de la túnica. “Por favor”. La señora Martina, que en aquel entonces era niña, veía todo desde su asiento, era la única que quedaba en la iglesia, ya la misa había terminado. El cura la miró desde arriba y la pobre mujer rompió a llorar como si se hubiera encontrado de frente con Dios. Ella susurró algo todavía desde el suelo, él parecía interesado y la levantó del suelo, juntos salieron rápido de la iglesia. La pequeña Martina les siguió sin que se dieran cuenta hasta la planta baja de una casa donde había una mujer de unos cuarenta años acostada. 

La vieja de antes lloraba y lloraba descontrolada, se tiraba al suelo y miraba al techo, “Dios ten piedad”. La niña intrusa, los veía desde la ventana sin entender nada, el cura dibujaba cruces en la frente de la mujer dormida mientras la vieja aullaba como un perro asustado, “Dios libera esta alma”, “Libérala de todo mal”. Y cuando el cura pronunció la palabra “mal”, la niña Martina lo vio.

Una sombra se paró al lado de la cama, era una sombra robusta, con forma humana pero sin rostro. El cura no podía verla ni la señora que seguía llorando. La niña se quedó quieta sin respirar, no quería que esa oscuridad la viera de vuelta, mientras más rezaba el hombre, el bulto negro se hacía más nítido, “Sangre de Cristo protégela”, “Sangre de Cristo, protégela”, Repitió la niña sin querer, “Manto de María, cúbrela”, “Manto de María, cúbrela”. La sombra presenció a Martina y ella ya no podía parar de rezar. Se alejó de la puerta asustada con la mirada del ente todavía sobre sus ojos y se fue a la casa donde se encerró durante años. 

Desde aquel día la señora Martina se volvió vieja. El tiempo pasó para ella más rápido que para los demás, se rodeaba de crucifijos y amuletos religiosos, de día abría todas las ventanas para que entrara la luz y de noche las blindaba para que ni un pedazo de oscuridad se le metiera en la casa. Cerraba todas las puertas varias veces y solo salía a comprar a las 12:00 del mediodía porque esa hora estaba bendita. Caminaba rápido con pasitos pequeños para no hacer ruido al pisar, hablaba casi en un susurro y miraba para atrás compulsivamente cuando andaba. El miedo tenía el control de su vida por completo. Vivía como si nunca hubiese dejado de estar perseguida por esa sombra. 

III

“Tengo la barriga llena de gusanos”. Le dije ya en su casa. “Todavía tienes encima esa bolsa de basura, mi niña, suéltala”, al pronunciar esas palabras una mueca de pena le abatía el rostro. “No puedo”. “Sí puedes, a la muerte, sácatela de encima”. “No puedo”. Mis manos agarraban la bolsa haciéndome daño en las palmas. “Me recuerdas a mí”, me dijo como si mirara otra cosa en mis ojos y de pronto la ví más joven, sus arrugas se destensaron un segundo como un espejismo. Sus manos volvieron a acunarme y la luz del mundo se disolvió. 

Caí en un sueño profundo donde estaba la señora Martina sentada en la iglesia y yo estaba a su lado vestida igual que ella. A las dos se nos movía la boca a la vez, decíamos la misma oración en aquella sala inventada, el eco golpeaba la cara de los santos “Dios te salve María, llena eres de gracia”. Aquellas palabras me conmovieron como si fuese la primera vez que las escuchaba, me resultaron tan bellas en su sonoridad que alcé la voz todavía más hasta que oí como algo en mi garganta se quebró. Enmudecí. Seguí moviendo la boca junto a ella pero ya no emitía sonidos, su voz se volvió mi voz “Bendita tú eres entre todas las mujeres”. Yo creí que me iba a desmayar, sentía mi cuerpo como un hueco y que la señora Martina estaba caminándome por dentro. Miré a todas partes y las estatuas de los santos no tenían rostro. 

Me desperté en su cama, rodeada de cojines y almohadones recién lavados. Olía fuerte a pomadas mentoladas y a habitación cerrada. La señora Martina estaba a mi lado medio dormida. “¿Aquí está Mario?”, señalé a una cajita de madera que había sobre la otra almohada. “Sí, ahí lo puse”. Sentí ganas de vomitar, y me levanté rápido hacia donde deduje que estaba el baño, me arrodillé en el retrete y vomité el desayuno entero, las larvas muertas flotaban en el agua y por fin sentí alivio, el estómago ya no me ardía. “Me lo sacaste”, le pregunté a la señora Martina que me veía desde la puerta, “Me sacaste el olor a muerte”. Sus arrugas volvieron a tensarse como antes, negó con la cabeza y se dio la vuelta perdiéndose en el pasillo.

Me levanté de la cama cansada como si llevara tres noches sin dormir, me devolví a buscar la cajita de Mario y perseguí a la señora Martina hasta la cocina. El pasillo era larguísimo y lleno de cuadros con el cuerpo mutilado de Jesucristo y la pena aguda de la virgen María. Me quedé un rato observando los crucifijos y las estampas, todas eran iguales, todas tenían la cara de San Benito: Poderoso intercesor contra la maldad. Una vez la señora Martina me contó la vida del santo, uno de sus milagros ocurrió cuando intentaron asesinarle con un cáliz envenenado pero él, con la plena confianza de quién está en comunión con lo divino, dibujó con su dedo una cruz y enseguida se rompió el objeto maldito. Las viejas dicen que si llevas una medalla suya te protegerá inevitablemente del mal.

“Santo Patriarca San Benito, me vea liberado siempre de toda influencia diabólica, envidias, traiciones y maldades, y también de los malos pensamientos y tentaciones.

Por Cristo Nuestro Señor, que vive y reina por los siglos de los siglos.
Amén”.

Me metí la estampa en el bolsillo y seguí caminando por el interminable pasillo mientras sentía la mirada de alguien en mi espalda.

Desde que Mario murió, alguien me mira, una culpa, un miedo o una soledad, no sé quién, pero alguien. “Mario, te llevaste la luz”. ¿Por qué me siento condenada? Tu ternura fue un parche de tres años y ya nunca más. Ahora algo malo me sigue, una maldad concreta, algo más grande que la muerte y que cubre mi cuerpo y el de todos. 

La cajita con mi ratón apenas pesaba, todavía recuerdo su última mirada al mundo. Ojalá la muerte se hubiera conmovido también por su ternura y hubiera hecho una excepción, ¿Por qué no pasó de largo y me llevó a mí? Ojalá me hubiese llevado a mí. Yo le maté por quererle tanto. Tenía que haberle escondido lejos de la muerte, tenía que haberle metido en el armario de los zapatos, en la caja donde me lo trajeron de bebé, así la muerte pensaría que acababa de nacer, que todavía era un ratón huérfano y yo su salvadora. 

La semana antes de que muriese, ningún rayo de luz entró en su jaula, en ese momento creí que Dios se había olvidado de él. Mi ratón estaba viejo, sus huesitos se le notaban bajo la piel, caminaba lento y apenas pedía comida. Todo fue culpa mía. Perdóname, Mario. Pero ya no nos volveremos a separar, ya no te dejaré solo en la jaula nunca más, estaremos juntos para siempre. Mario y yo. Juntos para siempre.

Cuando llegué a la cocina, la señora Martina estaba vestida con ropa de calle, se había maquillado los ojos con una sombra azul eléctrico y en los labios un rosado que no contrastaba con su piel morena anaranjada. “Ponte los zapatos para ir a misa”. Cuando me hablaba no me miraba a los ojos, “mejor me voy a mi casa”, puse la estampa de San Benito sobre la mesa, me sentí culpable por haberla robado. “Venga, date prisa, que llegamos tarde”, dijo ignorándome a mí y a la figura del santo, “pero yo no quiero ir”, me miró con resentimiento y me dio la espalda para coger su bolso, la notaba inquieta, dando vueltas por la cocina y evitando mirarme. “Antes de irnos, entierra la caja en el jardín”, su tono de voz era cortante. La tenía guardada en el bolsillo, no sé cómo la pudo ver. “Tienes el mal bien cerca de ti, estás a tiempo de sacártelo”. Me quedé callada. 

Mario y yo, juntos para siempre.

Me fui al jardín de atrás como si fuera a hacer lo que la señora Martina me había pedido. Me quedé mirando los hierbajos que crecían esparcidos por el césped amarillento, yo jamás enterraría a Mario ahí, él se merece otro lugar, más cálido y protegido. Si pudiera lo pondría dentro de mí, en mi estómago, me llenaría de kiwis amarillos y de pan duro para que pueda roerlo eternamente y abriría la boca en las horas de sol para que entrara una franja de luz en la que él pueda dormirse. 

“¿Ya has terminado?”. No, no he terminado, déjame en paz, mi ratón duerme, no voy a despertarle para meterlo en la tierra. No le respondí. Metí las manos entre la hierba y abrí un hueco semi profundo, abrí la caja y saqué su cuerpo, lo puse un momento al lado mío en el suelo y enterré la caja vacía. 

Mario muerto. 

Una sacudida de miedo y asco me golpeó por dentro, verlo así fue como verle morir otra vez. Te odio, te odio, te odio, te odio, te odio. Comencé a llorar desesperada, igual como lloró mi ratón el día que me lo trajeron en la caja de zapatos. Era el mismo llanto: él huérfano y yo huérfana sin él. Lo alcé en brazos y besé cada esquina de su cuerpo rígido, se le caía el pelo y se quedaba la pelusa sobre mis labios, sus ojos estaban cerrados, parecía un ángel muerto, un ángel dormido en la muerte. Seguí besándole, cada vez más rápido, pasando su cadáver por toda mi cara como si pudiese traspasarle algo de mi juventud para que reviviera. “¡Nos vamos ya!”, gritó la señora Martina desde atrás. Enterré bien la cajita hueca bajo el césped y sin limpiarme la tierra de las manos me metí a Mario en la boca. Lo mastiqué solo tres veces para que al tragar estuviese casi intacto y se cayera en mi estómago con su forma. 

Duerme tranquilo, Mario. 

Ya lo enterré”, mentí. “Voy a por el bolso y salimos, ya vamos a llegar tarde…”, Se veía más amargada que nunca, le molestaba que interfieran en su horario inamovible de la misa. Cuando se dio la vuelta me limpié la boca, todavía tenía pelusas de Mario y un poco de sangre seca. “Media hora tarde, esto no puede volver a pasar”, murmuró y siguió murmurando frases que no entendía. De pronto se paró delante de mí y me miró con los ojos abiertos, me miró como si leyera algo detrás de mí y dijo con la mirada medio ida: “Tienes que pedirle a Dios que te salve”. 

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