Relato II: Cuerpo de Cristo
IV
Llegamos a la misa y ya había empezado. El cura estaba de pie frente al atril, su toga me interpelaba desde ese altar ficticio, sus manos se revolvían en el aire con violencia, "Alabado sea el señor", esas palabras salen lentas y pesadas de su boca. Su cuerpo es grande, sus brazos se apilaban como montañas de arena bajo las telas lisas, tiene gafas para ver de lejos, son dos lentes redondos que cubren sus cuencas como dos halos de luz. Su boca hace una curva torpe hacia arriba y un pequeño brillo se condensaba sobre sus párpados, creo que me ha visto.
Jesús méteme en tu estómago, guárdame en tu sagrado corazón. Mastica la fuente negra que tengo aquí en mi vientre. Mastícame a mí y a Mario. Tú sangre no sabe a hierro como la mía ¿Por qué no tenemos la misma sangre? Tu cuerpo blando tiembla en la boca de viejas tristes, sus dientes intentan no masticarte, sus lenguas te violentan con lascivia, líquidas, te caes en sus estómagos, caes sobre una piscina de pastillas para la tensión. "Señora Martina, ¿la hostia tiene gluten?" Señora Martina, soy alérgica a Cristo.
Hay un hombre que canta tus palabras, las ablanda con sus muelas, son tus palabras no las suyas, Dios, pídele que te las devuelva. Miro fijamente al cura y la iglesia se le cae encima, estamos unidos. El cura identifica mi trance, mi mirada fija sobre su silueta. Las paredes se vuelven de un solo color, la iglesia podría desarmarse y mi ojo seguiría encadenado al suyo.
Un remordimiento se estira conmigo, pero esta maldad no es mía. La sonrisa del cura se tuerce y levanta las manos. ¡Todos a rezar! Su voz se ondula en las columnas, se eriza sobre la piel amarilla de las viejas tristes. Perdóname, Mario, no me sé la oración. "Creo en Dios, padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra" y cierro la boca esperando el Amén que me salve de este balbuceo fingido. "Amén". Respiro tranquila, mis ojos siguen formando nudos en la cara del cura, no he apartado la mirada desde que llegué, una pequeña sombra está pegada a él. ¿La señora Martina podrá verla?
"Padre nuestro que estás en el cielo", cierro la boca, no quiero rezar, esa sombra ha descubierto mi mirada obsesiva. "Te veo, te veo, te veo, te veo". Una luz roja sale de su espalda, un halo demoníaco rodea su indumentaria eclesiástica y yo puedo verlo. Parpadeo, me hierven los ojos, miro a otro lado, miro a los demás buscando ese mismo sol envenenado, miro a las vírgenes, a las cruces de madera, a las viejas tristes, miro a la señora Martina y su mirada de satisfacción me saca del trance, piensa que Dios sí va a salvarme, se rebasa de felicidad, Cristo va a salvarme y no le pediré más a la muerte que me lleve con Mario. Tiene razón, debería estar asimilando las bondades divinas, ser abrazada por un pacto celeste y no estar aquí, rodeada de viejitas tristes, sentada sobre los ojos del mal.
La luz roja solo aparece si le miro. Sujeta la biblia con las dos manos, el humo rojo sale también del libro, "Pensad en vuestros pecados", las viejitas agachan la cabeza y el silencio se arrastra por el suelo. Yo mantengo los ojos abiertos, él también. El rojo crece, parece carne cruda. Me detengo en sus labios, en el gesto por donde pasa la palabra de Dios. "Su boca, su boca, su boca", de pronto tose. ¿Tengo poder sobre él? "Su garganta, su garganta, su garganta", y vuelve a toser. Señora Martina, el Diablo sabe que estoy aquí.
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